En septiembre de 2016 compré todo el stock de una floristería del barrio de Gràcia: más de cuatrocientas plantas y unas trescientas flores cortadas. Me interesaba pensar la floristería como un sistema completo formado, a su vez, por centenares de sistemas vivos que interactuaban entre ellos. Trasladé todas las plantas al estudio y empecé a observarlas, medirlas y convivir con ellas.
El proyecto debía durar un año, pero pronto dejó de tener una duración definida. Las plantas se convirtieron en una instalación móvil, permanente y constantemente cambiante: un sistema que continúa modificándose cada vez que cambia de lugar, de condiciones o de personas que intervienen en él.
Con más de cuatrocientas plantas juntas, tienen que pasar cosas. Y yo tengo que ser capaz de ver o percibir algunas de ellas.





















