La idea de esta pieza surgió al leer que Antoni Tàpies quería hablar de la importancia de las cosas pequeñas a través de su calcetín. Me propuse llevar esa afirmación al límite: hacer el calcetín de Tàpies tan pequeño como fuera posible fabricarlo. No se trataba solo de reducir su tamaño, sino de dar presencia física a aquello que apenas podemos ver.
En 1991 Tàpies había propuesto un calcetín de dieciocho metros de altura para el MNAC, una obra que nunca llegó a realizarse. En 2010 se instaló una versión de 2,85 metros en la Fundació Antoni Tàpies. Tomando ambas dimensiones como puntos de una secuencia temporal, extrapolé la reducción hasta una desaparición hipotética en mayo de 2013. El microcalcetín mide 21 × 19 × 23 micrómetros: el tamaño que habría tenido aproximadamente dos horas antes de llegar a cero.
Para materializarlo preparé un modelo tridimensional que se fabricó con una máquina Nanoscribe, en colaboración con el Institut de Microelectrònica de Barcelona (IMB-CNM, CSIC), en Bellaterra. La microescultura resultante se depositó justo al lado del calcetín de Tàpies en su Fundació, durante la exposición colectiva Factotum (2013–2014), con artistas residentes en Hangar.
Antes de depositar la microescultura junto al Mitjó de Tàpies, la recibí sobre una oblea, que fotografié entre los dedos. Después raspé su superficie para desprender el microcalcetín y lo depositamos directamente junto a la obra original. La fotografía documenta, por tanto, el último momento en que todavía podíamos localizarlo sobre un soporte.
Allí, un objeto casi invisible convivía con una escultura monumental. Es posible que el microcalcetín todavía permanezca en el mismo lugar, pero no he podido verificar su presencia actual. Su posible pérdida —o permanencia— forma parte de la obra.





