Encontré un árbol que había sido talado en Llessui porque existía el riesgo de que cayera sobre una casa familiar. Me fascinó la complejidad de su estructura: del tronco principal surgían varias bifurcaciones y decenas de ramas que hacían difícil imaginar su volumen total. Me pregunté si sería posible conocer su geometría lo suficiente como para dividirlo en siete partes de exactamente el mismo volumen.
Con una amiga dedicamos una semana a medir la longitud de las ramas y etiquetarlas para registrar qué habíamos medido. A partir de estos datos construimos un modelo tridimensional. Un cálculo informático determinó los puntos para cortar el árbol en siete volúmenes iguales. La obra se presentó en ADN Galeria y, desde entonces, las partes iniciaron un recorrido físico en el que el tiempo, el transporte, la humedad y la intemperie alteraron lo que inicialmente se había calculado como exacto.
La obra comenzó como un problema geométrico y se convirtió en un registro de los límites de la medición: siete volúmenes iguales solo lo eran en un instante concreto.























