Cuando fui a visitar el espacio donde se iba a desarrollar Collegium, entré en una de las casas abandonadas que estaban destinadas a ser derruidas. Dentro encontré una pequeña habitación alargada cuyas paredes estaban completamente cubiertas de billetes de lotería.
Durante más de treinta años, alguien los había ido coleccionando y pegando allí: décimos de Navidad, de El Niño, repeticiones, números aislados e imágenes que iban cambiando con los años. Para mí, que tengo formación matemática, aquella acumulación abrió inmediatamente la posibilidad de buscar relaciones, combinaciones y patrones.
La pieza no conserva solo una habitación: conserva una decisión repetida durante décadas y la hace seguir avanzando.









